El primero de los tres espíritus: Steve Jobs

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Otro cuento de navidad inbound ii.jpg

Adaptación libre e inbound de la novela de Charles Dickens “A Christmas Carol”. Capítulo II.

Si te perdiste el inicio de esta increible historia, lee el Capítulo I: El Espectro de Kodak

Capítulo II

Estaban en un cuarto pequeño y oscuro, iluminado por una bombilla desnuda colgando del techo. En la mesa un tanto destartalada que ocupaba la mayor parte de una de las paredes, había un montón de equipos y material informático. Al fondo del cuarto, una puerta se abrió y de ella empezó a salir un pequeño grupo de personas muy animadas.

“Creo que por fin voy a poder sacarle partido al ordenador en el taller”, comentaba un hombre de unos 35 años a una mujer algo más joven. “Desde luego, con estos talleres de Ramón estamos empezando a comprender cómo usar la informática en nuestros negocios. En la tienda vamos a crear una hoja Excel con los clientes para tener su información más organizada. Se acabaron las libretas.”

El último del grupo era un chaval de poco más de 20 años, con una ilusión en los ojos y una energía que se contagiaba a todos los demás. Ramón se dio cuenta de que era él mismo. De algún modo habían viajado en el tiempo, y se encontraban en la trastienda de la zapatería de su padre. Aquí había empezado Compaware, hace ya más de 30 años.

“Escuchadme todos, por favor”, dijo el joven Ramón. “Si no os importa, ahora que ya sabéis como usar el correo electrónico, os agradecería que me apuntarais vuestra dirección en esta hoja que os voy a ir pasando. Si os parece bien, os enviaré a ese correo información que puede ser útil para vuestros negocios y os tendré al tanto de otras charlas gratuitas como esta que haga en el futuro”. Ramón pasó una hoja y un lápiz a la persona que estaba más cerca. “Además, os cuento que mañana por fin estará lista nuestra nueva página web, www.compaware.es. Ahí podréis encontrar los modelos de las hojas Excel y los documentos Word que hemos visto hoy, e iré colgando también más información y recursos útiles.”

“¿Recuerdas este momento?”, preguntó Steve a Ramón. “Qué distinto era todo, ¿no?”

“Desde luego.”, dijo Ramón. “Era un estúpido. Podría haberles cobrado un buen pico por esta formación en lugar de hacerlo gratis. No se en qué pensaba en ese momento.”

“A mí me parece que sólo pensabas en ayudar a los demás compartiendo lo que era tu pasión”

“¿Y qué ganaba con eso?”, respondió. “Trabajaba todo el día y apenas ingresaba lo suficiente para mis propios gastos.”

“¿Reconoces a esa chica?”, dijo Steve. “Es Alicia, de Clientalia. Ese día firmasteis el primer contrato de mantenimiento y habéis seguido juntos todos estos años.”

Ramón sonrío. “Es cierto. Fue nuestra primera clienta de verdad.”. Sus ojos se iluminaron. Recordó que durante un tiempo había sentido algo por Alicia. Si no hubiera tenido novio, probablemente habría intentado salir con ella. “Hace mucho tiempo de aquello. Ahora lo que importan son los números y no podemos seguir perdiendo dinero con ella. Si Clientalia no levanta cabeza, lo mejor que podría hacer es cerrar y buscarse otra cosa.”

Steve lo miró con cara severa. “Más te vale que empieces a cambiar tu actitud, Ramón. No vas a llegar muy lejos así. Los negocios son importantes, pero si dejas de sentir la pasión y te olvidas de ayudar a las personas, te aseguro que en breve te vas a arrepentir”

“Mira Steve, lo tuyo es muy fácil. Con una gran empresa detrás y los recursos de Apple, mantener la pasión no tiene ningún misterio.”, respondió Ramón. “Estar cada mes pendiente de cuadrar los números, y pelear durante 30 años con muchos clientes ingratos y egoístas te hace ver las cosas de otro modo.”

“Está claro que mi visita no es suficiente. Espero que el próximo te ayude más que yo a recuperar el espíritu inbound.”, dijo Steve con preocupación. “Adiós Ramón. Me hubiera gustado conocerte cuando tenías 20 años. Creo que habríamos podido hacer cosas juntos.”

“Espera, ¿a qué te refieres?, ¿qué es eso del espíritu inbound?, ¿quién va a venir?”. Según pronunciaba estás palabras, Ramón vio desvanecerse a Steve y al viejo local, y se encontró de nuevo en su sillón mirando hacia la puerta de su despacho. “Qué sueño más extraño.”, pensó, “y qué real”. Por un momento, su mente volvió a acordarse de la joven Alicia y sus ojos brillaron.

“Alucino pepinillos. Lo que me faltaba ver es que estabas enamorado de una clienta.”

Ramón, se dio la vuelta y vio detrás suyo a la que parecía que sería su próxima pesadilla: Alberto Chicote.

 

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