El segundo de los tres espíritus: Alberto Chicote

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Adaptación libre e inbound de la novela de Charles Dickens “A Christmas Carol”. Capítulo III.

Si te perdiste el inicio de esta increible historia, lee el Capítulo I: El Espectro de Kodak

 

Capítulo III

“Desde luego, tengo que haber comido algo muy fuerte o realmente me estoy volviendo loco”, pensó Ramón. Primero Steve Jobs y ahora Alberto Chicote.

Ramón cerró los ojos tan fuerte como pudo, con la esperanza de que al abrirlos Chicote hubiera desaparecido, pero no fue así. Ahí seguía el famoso cocinero, con su cara de enfado y su camisa de colores.

“¿Pero qué te pasa? No te quedes ahí alelado que tenemos mucho que hacer contigo.”

“¿De verdad eres Chicote? Desde luego, estoy alucinando, pero mira, lo mejor será que te siga la corriente a ver si termina pronto este sueño antes de que me vuelva loco de remate.”

“¿Aún no te has enterado? Esto no es un sueño, es un regalo. Los tres espíritus de las navidades inbound estamos aquí para que recuperes la ilusión por tu trabajo y puedas volver a ser lo que eras.”

“¿En serio? Pues creo que os habéis equivocado, porque me va mejor que nunca y no creo que necesite la ayuda de nadie.”

“Si crees eso no te importará que echemos un vistazo a lo que opinan tus clientes.” Chicote se acercó al ordenador y abrió la página de opiniones de Compuware en Google Plus. “Mira esto”

En el perfil de Compuware se registraban un total de 27 reseñas con una media de valoración de 1,3. Algunos de los primeros comentarios decían:

‘Software aceptable, pero una atención al cliente pésima. No lo recomiendo en absoluto’

‘Es la empresa más cutre que he visto nunca. Tratan fatal a los empleados, y el dueño es un trafullero.’

‘Prometen calidad y servicio, pero en cuanto firmas todo son problemas. Y si quieres irte, vete preparándote porque no te lo van a poner fácil.’

Ramón jamás se había molestado en leer lo que decían sus clientes y su primera reacción fue la negación. “Vaya panda de muertos de hambre. ¿Qué esperan con lo que pagan? Es más, estoy seguro que son antiguos trabajadores con ganas de fastidiar. O los de la competencia, que ya no saben cómo atacarme.”

“Pero, ¿qué dices?”, contestó Chicote.”Lo que pasa es que esto es una puta mierda. Esto es una guarrería de empresa y no sé ni cómo no estás ya en la cárcel.”

¿Me vas a decir a mí como llevar mi negocio? No te voy a aguantar que me hables así. Si quieres vamos fuera y me lo vuelves a decir”, gritó Ramón enfadado.

“Por supuesto, vamos fuera”, respondió Chicote.

De repente ambos se encontraban en la calle. Por lo que parecía, estaban en un polígono con edificios de oficinas, en el que todas las luces estaban apagadas menos las de una empresa.

“¿Sabes dónde estamos?”

“Claro. Estas son las oficinas de Clientalia. He estado aquí cientos de veces, aunque hace muchos años que no venía”.

Un coche apareció en la calle y paró en la puerta de la empresa. Un hombre de unos 50 años bajó acompañado de una pareja de unos 30 años y dos niños pequeños, cargados con unas cuantas cajas de pizza. Entraron en el edificio.

“¿Quiénes son?”, dijo Ramón

“Ven a verlo”, le respondió Chicote.

Como fantasmas, siguieron al grupo por las escaleras hasta las oficinas de Clientalia. Alicia salió a recibir al grupo que acababa de llegar.

“¿Pero qué hacéis aquí? Es nochevieja, id a casa a celebrarlo”, dijo Alicia sorprendida.

La mujer respondió: “No mamá. Aunque tengas que trabajar toda la noche terminando de recuperar esos datos, nosotros lo pasaremos aquí contigo.”

Alicia no pudo contener las lágrimas.

“Sabes por qué están aquí, ¿no?”, preguntó Chicote. “Si no hubieras sido tan egoísta y hubieras mandado alguien a ayudar a Alicia, ahora estarían todos en casa comiendo las uvas.

“No pensé que tardarían tanto. La verdad es que no lo pensé, no imaginé que fuera tan duro para ella.”. Por primera vez, Ramón se conmovió al ver las lágrimas de Alicia y el amor de su familia. Hacía mucho tiempo que no sentía algo así.

“Deberías recordar lo bien que sienta ayudar a los demás. Te hace falta”, dijo Chicote.

Ramón se quedó pensativo, y al instante, se encontró de nuevo sólo en su despacho, sentado en el sillón. Chicote había desaparecido.

“No entiendo nada”, pensó Ramón, “¿qué está pasando?”

“Quizás tu corazón está empezando a ablandarse”, se oyó. “¿Me conoces? Soy Rajeev Suri, CEO de Nokia.

“Otra vez no”, se dijo Ramón, “otra vez no”.

 

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